Ilustración: continuidad del servicio educativo con clases remotas cuando la sede escolar no puede abrir

El sismo de magnitud 7,4 del lunes 10 de agosto de 2026, con epicentro en San José del Palmar (Chocó), volvió a poner sobre la mesa una pregunta que ningún rector quiere responder a las carreras: si mañana la sede no puede abrir, ¿qué pasa con las clases?

En los días siguientes, Cali, Pereira, Ibagué, Manizales y varios municipios de Caldas y Cundinamarca suspendieron actividades académicas, en unos casos por prevención y en otros por agrietamientos detectados en edificaciones escolares. Unicef estimó que 796 escuelas de Chocó y Buenaventura quedaron en vilo, con el riesgo de que miles de niñas, niños y adolescentes pierdan temporalmente el acceso a espacios seguros para aprender.

Antes de seguir, conviene decirlo con claridad: cuando hay comunidades de duelo y familias sin vivienda, la prioridad no es el calendario académico. Pero la escuela cumple, en esos momentos, una función que va más allá de las asignaturas —rutina, contacto, protección—, y por eso la norma colombiana trata la continuidad del servicio educativo como parte de la respuesta a la emergencia, no como un asunto que se resuelve después.

Lo primero no es la tecnología

Ninguna plataforma reemplaza el paso inicial: verificar que las personas estén bien y que la infraestructura sea segura. La revisión estructural de la sede, el reporte a la secretaría de educación y la activación del plan escolar de gestión del riesgo van antes que cualquier decisión sobre clases remotas.

Solo cuando eso está encaminado tiene sentido preguntarse cómo sigue el aprendizaje. Invertir el orden —anunciar el aula virtual mientras nadie ha revisado el bloque de aulas— es un error de criterio que las familias notan de inmediato.

Qué dice la norma

Esto no queda a discreción de cada institución. La Ley 1523 de 2012, que adoptó la política nacional de gestión del riesgo de desastres, establece en su artículo 2 que la gestión del riesgo “es responsabilidad de todas las autoridades y de los habitantes del territorio colombiano”, y que las entidades públicas, privadas y comunitarias desarrollarán los procesos de conocimiento del riesgo, reducción del riesgo y manejo de desastres. Los colegios privados están incluidos de forma explícita.

En el sector educativo, la pieza central es la Directiva Ministerial 12 de 2009, titulada precisamente “Continuidad de la prestación del servicio educativo en situaciones de emergencia”, complementada por la Directiva Ministerial 16 de 2011. Ambas orientan a las secretarías de educación para definir planes de acción en tres etapas: prevención y gestión del riesgo, crisis y post-emergencia. A ellas se suma la Resolución 7550 de 1994, que regula las acciones del sistema educativo en prevención de emergencias y desastres.

El Ministerio de Educación Nacional recogió ese marco en los Lineamientos de Gestión Integral del Riesgo Escolar y Educación en Emergencia (GIRE), cuya finalidad declarada es proteger “la garantía del derecho a la educación durante toda la trayectoria educativa” y salvaguardar la vida de las comunidades educativas.

La conclusión práctica es simple: la pregunta no es si el colegio debe sostener el servicio, sino cómo lo hará y qué tan preparado estaba para hacerlo.

El plan que conviene tener escrito antes

Un plan de contingencia académica cabe en dos páginas, y su valor está en existir antes de necesitarlo. Estos son los mínimos:

  • Un canal oficial único. Definido de antemano, conocido por las familias. En una emergencia circulan rumores; si el colegio no ocupa ese espacio, otro lo ocupa.
  • El directorio al día. Correos y celulares verificados de cada acudiente. Es lo primero que falla y lo más fácil de corregir en tiempos normales.
  • Qué se entrega y con qué alcance. Priorizar aprendizajes esenciales en lugar de intentar cubrir el plan de estudios completo. Una contingencia no es un periodo académico normal comprimido.
  • Quién responde por cada grupo. Un docente de contacto por curso, para que ninguna familia quede sin interlocutor.
  • Cómo se registra lo que ocurre. Participación, entregas y valoraciones deben quedar consignadas aunque la clase no sea presencial.
  • Cuándo y cómo se vuelve. Criterios de retorno y un plan de nivelación para quienes se hayan quedado atrás.

La conectividad desigual es el problema real

Aquí es donde muchos planes se caen. Asumir que todas las familias tienen internet estable y un dispositivo por estudiante es, en buena parte del país, una suposición falsa. Y en una emergencia el problema se agrava: hay hogares sin electricidad o desplazados temporalmente.

Un plan realista prevé varias rutas para el mismo objetivo de aprendizaje: material en línea para quien pueda conectarse, guías impresas para quien no, y mensajes de texto o llamadas cuando no hay nada más. Es exactamente la lógica del Diseño Universal para el Aprendizaje aplicada a una contingencia: el objetivo no cambia, cambian los caminos.

Conviene además identificar temprano a los estudiantes que dejan de aparecer. Después de una emergencia, la inasistencia prolongada es la antesala de la deserción, y el momento de intervenir es la primera semana, no el siguiente periodo.

No perder el rastro

Una contingencia no suspende las obligaciones académicas del colegio. La asistencia o participación debe registrarse de algún modo, las valoraciones deben poder sustentarse, y los certificados que una familia pida en pleno traslado deben poder expedirse.

Cuando todo eso queda en cuadernos personales, chats sueltos y archivos en computadores distintos, el costo no se paga durante la emergencia: se paga tres meses después, cuando hay que reconstruir qué pasó con cada estudiante.

El regreso también es emocional

Cuando las clases se reanudan, el grupo que vuelve no es el mismo que salió. Hay estudiantes que perdieron su casa, que durmieron semanas fuera de su barrio o que perdieron a alguien. Los lineamientos del Ministerio hablan de salvaguardar la vida y la integridad de las comunidades educativas, y Unicef advirtió sobre el riesgo de que miles de niñas, niños y adolescentes pierdan el acceso a espacios seguros para aprender: la escuela es, en esas semanas, uno de los pocos lugares estables que les quedan.

Eso tiene consecuencias prácticas. Conviene reservar tiempo de aula para hablar de lo ocurrido antes de retomar el contenido, avisar al equipo de orientación escolar de los casos que requieren acompañamiento, y dejar registrado ese seguimiento para que no dependa de la memoria de un docente. Bajar la intensidad académica las primeras semanas no es perder tiempo: es la condición para que el resto del año funcione.

Cómo SISGA acompaña la continuidad de las clases

Sostener la enseñanza cuando la sede está cerrada exige que el trabajo del aula y el registro institucional sigan conversando. La plataforma SISGA cubre ese circuito:

  • Un aula de clase para cada grupo: materiales y recursos publicados para todos, foros de discusión —donde el docente puede valorar los comentarios y retirar los inapropiados— y una línea de tiempo que ordena lo que va ocurriendo. Al cerrar el curso, el aula se archiva y el histórico queda disponible.
  • Tareas que se entregan y se califican a distancia: el docente las asigna de forma individual o por grupos, el estudiante entrega subiendo un archivo o enviando un enlace, y la valoración queda registrada. Cada tarea aparece con su detalle en el calendario del estudiante, para que la fecha no dependa de recordarla.
  • Exámenes en línea sin montar otra herramienta: preguntas de selección, de falso o verdadero y de respuesta abierta, con imágenes cuando el tema lo exige; vista previa antes de aplicarlo y opción de duplicar uno ya construido para reutilizarlo. Se asigna al aula, el estudiante lo presenta pregunta a pregunta y el docente revisa el resultado detallado de cada uno.
  • Sin cambiar lo que el colegio ya usa: la plataforma ofrece integración con Google Classroom, de modo que la institución que ya trabaja allí puede seguir haciéndolo sin que la matrícula, la asistencia, las valoraciones y la comunicación con las familias queden por fuera del sistema del colegio.
  • Nadie se pierde de vista, y queda constancia: las comunicaciones con plantillas y la agenda virtual con avisos por correo y mensaje de texto llegan también a quien tiene mala conexión; las alertas de inasistencia ayudan a detectar temprano a quien dejó de participar; y el seguimiento del área de orientación queda registrado en la ficha del estudiante junto con lo académico.

La responsabilidad de garantizar el servicio y de proteger a la comunidad sigue siendo del establecimiento y de las autoridades; la plataforma acompaña y facilita esa tarea. Sección basada en el uso de la plataforma SISGA.

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Fuentes consultadas